
Y así fue como comencé con el único plan que me quedaba. Con mucho miedo, dudas y con una ignorancia que me asombraba hasta a mí mismo. Entonces, un caluroso y horrible día de aquel largo otoño de 2005, entré en mi primera clase en aquella oscura y helada mole gris, comúmente llamada "Facultad de Ciencias de la Información". Y me costó aceptarlo. Es terrible asumir que tu carrera como artista no va a dar muchos frutos que digamos, y más si le acompaña el primer día de carrera una espantosa descomposición de estómago (que me acompañaría los primeros días de todos los sucesivos cursos) unida a unos crueles tests que no tenía más remedio que copiar al de mi derecha (que tampoco tenía más remedio que mirarme con cara de orangután enfadado y a punto de sufrir un ataque de histeria). Pero no todo fue tan malo. Después, ya sólo le siguieron cinco años súper fructíferos y que me formaron perfectamente para hacer frente al oficio que me esperaba. ¿O no? Bueno, si aceptamos como animal de compañía clases soporíferas de historia todos y cada uno de los cursos, profesores que no siempre estaban bien de la cabeza (no es por acusar, pero es que el día que estuvimos dos horas tallando una manzana, me dio mucho en que pensar), terribles alienígenas que se hacían pasar por funcionarios en secretaria, y alocadas aventuras para no quedarte electrificado cada vez que entrabas en el Bronx, perdón, en el baño, entonces diremos que sí. Que todo mereció la pena. Y que hoy, a tres días de graduarme, soy todo un Capote en potencia. Pero la realidad siempre supera la ficción. Y no me quedó más remedio, un soleado jueves de marzo, que entrar en otra dimensión. Una dimensión pararela llamada.... LOOC Madrid.
